Desde mi posición privilegiada observo perfectamente al hombre de la pistola. Sé que lleva un arma porque he podido verla dos veces. La primera, poco después de entrar en la sala, mientras paseaba su vista por toda la habitación. La segunda, cuando, con absoluta tranquilidad, ha ajustado el silenciador a la pistola y se ha sentado.
He de confesar que he sentido miedo y que me he revuelto nervioso en mi asiento, asustado, aunque sin poder apartar la vista de su rostro. A pesar de la distancia que nos separa, yo diría que unas ocho o nueve filas, y de la oscuridad casi total del ambiente, he podido distinguir con claridad los rasgos de su cara; consistentes en varias cicatrices con muy mal aspecto y una protuberancia extraña y desagradable a la altura del labio superior. En un momento dado, mientras lo observaba con disimulo, se ha llevado una mano a la chaqueta y, ante mi espanto, ha sacado un pañuelo - y no su arma, como supuse que haría-. Los latidos de mi corazón se han disparado y me he puesto a sudar.
Estúpido de mí.
Sí, soy estúpido. ¿Por qué me asusto si sé de sobra que se trata de una película? ¿Qué podría hacerme ese ridículo matón hollywoodiense? Nada, absolutamente nada. ¿Y entonces? No lo sé, resulta tan real; siento que, si quisiera, podría atravesar la pantalla y descargar su pistola sobre mi cuerpo. ¿Es esto el inicio de la locura?
Estúpido de mí.
Vuelvo a concentrarme en la película. Los actores principales se reunen en torno a la chimenea e inician una conversación, completamente ajenos al hombre de la pistola, que sigue distante, esperando alguna secreta señal para comenzar a disparar. Yo pierdo pronto el interés, y me vuelvo a fijar en él. Me doy cuenta de que durante todo este tiempo apenas se ha movido - apostaría cualquier cosa a que ni siquiera ha pestañeado-, manteniendo el semblante tranquilo y la cabeza agachada, signo inequívoco - dada su condición de asesino-, de que está pensando en liquidarlos a todos.
Y entonces, claro, se levanta. El hombre de la pistola se levanta.
Se levanta del asiento lentamente y saca su arma. Pinkerwood, el protagonista de la película, exclama con voz potente: "¡No he dicho que fuera él quien se comió las magdalenas!". Y yo no sé qué hacer. Estoy aterrado, completamente petrificado por el horror, incapaz de salir corriendo, incapaz siquiera de moverme.
Pinkerwood sigue hablando de sus malditas magdalenas - "Quizá fue John. O quizá fue Williams"-, y yo exploto.
Hay un hombre en la sala de cine que lleva un arma y nadie lo sabe. Sólo yo. El estúpido loco que se comió las magdalenas de Pinkerwood y que se ha pasado la película entera sin saber qué hacer, asustado a pesar de su condición de ser ficticio. Pero ahora ya no. Me levanto de mi asiento y grito:
- ¡Ese hombre tiene un arma!
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