Cuenta una antigua leyenda turca que el sultán selyüquí Alp Arslan derrotó al ejército del romano Diógenes gracias al consejo que un enorme toro blanco le dio mientras dormía. "Mañana al mediodía - dijo el toro-, tú y tus hombres os presentaréis en el campamento romano de Manzikert disfrazados de kebab. Cantaréis "Oh, dulce Wendolyn" y al ponerse el sol vuestros enemigos caerán fulminados". El sabio sultán, tras meditar largamente las palabras del animal, ordenó quemar el campamento romano y mandó traer al cocinero de palacio para que le preparara un kebab con berenjenas. Gracias a la pericia de Alp Arslan - y al sabrosísimo kebab-, numerosas tribus turcas se introdujeron en Anatolia (Asia Menor), posibilitando así la expansión del poderoso - y simpático- imperio turquestaní.
Dejando al margen el que esta historia falsa sea cierta o no, existe un importante hecho sobre el que desearía llamar tu atención: fue el kebab, y no el enorme toro blanco, ni el conocimiento de que los romanos habían celebrado una extenuante orgía la noche anterior, lo que llevó a la victoria al sultanato turco. El kebab, ese alimento-metáfora sobre nuestras vidas, esa representación culinaria del espíritu de superación humano, oculta, aunque perceptible, bajo decenas y decenas - y decenas-, de especias; esa implosión cósmica, regalo de los dioses, manifestación suprema de la creación, revolución y evolución, caos y armonía... el kebab, digo, saca lo mejor de nosotros mismos y lo expone al mundo, para exclamar, aquí y ahora, bajo la gigantesca Cúpula Azul, sobre el Maternal Océano, en la Inmensidad Oscura... "Yo, Existo".
Come kebabs.
The Kebab Syndicate
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