Me despierto. He vuelto a quedarme dormido. La tormenta ruge en la noche. Tengo miedo. Aún recuerdo las últimas palabras que Hozman, nuestro guía, pronunció antes de ser devorado por un enorme reptil: "¡Mierda, cocodrilos!". Lo siento por Hozman. Era simpático. Fue al único que no le hizo gracia la broma de la tarántula en mi cantimplora. Se enfadó mucho. Él hubiera preferido un cienpiés venenoso. Tenía un sentido del humor muy agudo que yo jamás comprendí.
Ahora pienso en los cocodrilos. Ellos solitos se comieron a Hozman, el guía, y a Morris, el cocinero, y a Tim, y a Alfred, y a Julius -que sabía hacer fuego con dos piedras-, y a Roger, y a Smith -el "Sordo"-, y a Patterson -incapaz de matar a una mosca, aunque sí a una manada de elefantes-, y a Dickinson, y a Manfred, y a Penrose -rápido con la pistola, a pesar de faltarle tres dedos-, y a Oggerhaus, y a Miles, y a Vennon, y a Ackerman, y a Mark, y a Higger -el médico de campaña, que me suministró muy amablemente los antídotos y medicinas que fui necesitando-, y a Lombardi -el "Capo"-, y a Krants, y a DeLavita, y a Gregor, y a Thomson, y a Ralph, Will, y David -los inseparables (literalmente) trillizos-, y a Paul, y a Thomas, y a Stevenson, y a "Piggy" -cuyo verdadero nombre era Goldman o GoldFish o Fish... nunca lo supe muy bien-, y a Francis, y a Laurens y a Conrad.
Sí, los cocodrilos se dieron un festín. Y también me habrían incluido a mí en su sangriento banquete, de no haber estado yo colgado de la rama de un árbol.
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