El Hombre que Comía Diccionarios
La Feria del Libro

Vale. Cojo el autobús y bajo a la ciudad - digamos L. -. A pesar de lo que imaginé, no la veo. No era probable que estuviera en el mismo sitio otra vez, pero recuerden que la realidad - no, mejor aún: la Realidad- es fractal y, por tanto, susceptible de repetirse infinitas veces. De todos modos, eso no me entristece, por lo que sigo caminando hasta llegar a la plaza. ¿Que qué hay en la plaza? En la plaza hay libros, claro. No se lo dije, ¿verdad? Bueno, pues ya lo saben: en la plaza hay libros. De hecho, hay una Feria del Libro. Bueno, no de un sólo libro, sino de muchos libros, aunque supongo que eso estaba claro, ¿no?. Si voy muy deprisa me lo dicen.

Como les iba diciendo. Camino, nada triste, hasta llegar a la plaza - la de los libros, recuerden-, donde se levanta una gran carpa blanca. No me lo pienso mucho, a pesar de mi secreta aversión a las carpas, y entro decidido a saquear los stands o, en su defecto, a realizar un intercambio amistoso del tipo dinero-libro. No me sale bien la jugada: en cuanto doy un paso dentro, una animadora infantil se me planta a escasos centímetros de mi cara y me apunta con una pistola de agua. Su rostro, del mismo color que la carpa, refleja una mezcla de pánico y cansancio que sólo he observado en algunas especies de roedores y langostas. Con la pistola todavía apuntándome a la cabeza, me intereso por el motivo de su palidez. Ella me responde, entre tics nerviosos y repeticiones distorsionadas de la palabra "novocaína", que la causa de su estado son "esos malditos demonios". Me siento confundido, a su alrededor sólo veo un grupo de niños tirándose del pelo y lanzando pinturas de cera a los visitantes de la feria. "¿Los niños?", pregunto. Pero ella no me responde, está mirando a un par de críos que, de alguna manera, han conseguido hacerse con su bolso y vaciarlo por encima de un abuelete entrañable. Cuando terminan, después de dividir el bolso en cientos de pedacitos, la animadora se da la vuelta y me mira. "Tienes que hacer algo", suplica, "te juro que si no les dices algo, lo que sea, para que se calmen, me los cargo a todos". Su cara está descompuesta: además de la aparición de nuevos tics nerviosos - dos de los cuales me resultan sumamente divertidos, aunque me abstengo de comentarlo-, y de sus ojos inyectados en sangre y venganza, en su mente - y no me digan cómo lo sé-, surgen ideas que relacionan niños y bricolaje en sus más desagradables formas. "¿Y qué quieres que haga yo?", pregunto inocentemente. "Háblales", me dice, "¡cuéntales algo!", grita, "haz que se vayan, que desaparezcan". Parece enfadada, y triste, y nerviosa - aunque nunca he conseguido entender bien a las personas-, por lo que me decido a ayudarla.

Lo primero que hago es... tropezarme (un viejo truco para llamar la atención, por supuesto). Después de eso, y una vez recuperada la verticalidad, aparto suavemente a la animadora infantil y me dirijo a los monstr... a los niños. Lo que sucede a continuación es algo confuso, pero incluye el relato del origen de nuestro universo - y el de un par de universos más, aunque con peores vistas-, la explicación del funcionamiento de un agujero negro y la descripción, detallada, del significado de la palabra "nictálope". Tras varios minutos de monólogo - durante los cuales soy golpeado repetidamente por algunos libreros-, consigo aplacar la ira de los pequeños niñ... monstruos. La animadora infantil llora de alegría - quizá por mi correcta dicción, quizá por las pastillas azules que se ha tomado-, y los libreros, ya cansados de atizarme, me saludan con la mano mientras abandono, sonriente y magullado, la carpa blanca.

Camino silbando por las calles de L., ignorando los gritos de terror procedentes de la feria.

 

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