Muy de mañana, el pequeño Tom - hijo de su padre y de su madre-, abandonó el hogar para dedicarse a las tareas matinales, que lo tendrían ocupado hasta bien entrada la noche. El cielo estaba despejado, las vacas pastaban tranquilas, los puercos retozaban en el barro, los gorriones canturreaban en las ramas de una vieja encina... hasta un par de buitres carroñeros devoraban a su presa, sangrante y mutilada.
- Sí - dijo Tom-, hoy hace un día precioso - y acto seguido entró en el gallinero, donde todavía dormían las gallinas-.
La caseta - hecha por su padre el invierno pasado, después de darse cuenta de que las gallinas se morían por culpa del frío-, era un enorme cajón de madera de tablas roídas y suelo carcomido, apenas sostenida por unos tacos de metal oxidado. Tom se apresuró a entrar, pues tenía hambre y los huevos que cogiera se los comería en el desayuno. Introdujo su cabeza por la puerta y observó. Tolodea, Berta, Clacovia, Rodoadolfa, Petulia, Pingarra, Maruela, Margarilla, Ceporra... estaban todas... todas menos una. Rufa, la gallina disléxica, no estaba en el gallinero. En su lugar, Tom descubrió una mancha negra, muy oscura, que flotaba en el aire. La luz no llegaba hasta la mancha, que crecía lentamente, mientras las otras gallináceas ponían huevos y hablaban de sus cosas.
Tom estaba muy asustado, no por el agujero negro, sino por la ausencia de Rufa, que era su gallina preferida.
- ¡Rufa, Rufa!, ¿Dónde estás, Rufa? - gritó Tom nervioso. - Vamos, no te escondas, te necesitamos.
Mientras Tom buscaba en las cuadras, entre caballos y yeguas, el agujero seguía creciendo. Su tamaño era ya el de la cabeza de Tom - o sea, enorme-, y acababa de tragarse varias gallinas. Fuera, en las cochiqueras, Tom buscaba impaciente a su gallina, cansado de gritar y con una fuerte afonía que le costaría su futura carrera como orador.
Pero el agujero, negro como el carbón negro, crecía y crecía, sin dar muestras de tener límite alguno. Ahora, después de haberse tragado la caseta-gallinero, amenazaba con borrar de la faz de la Tierra la casa de Tom. Las vacas que pastaban tranquilas, los puercos que retozaban en el barro, los gorriones que canturreaban en las ramas de una vieja encina... hasta los buitres carroñeros que devoraban a su presa, sangrante y mutilada, fueron a parar al interior de la mancha negra, que era ya como un edificio de ochenta pisos.
Un grácil pajarillo, que cubría la ruta Ontario/Uzbekistán y que había parado para repostar, observó cómo la mancha - negra como la noche negra-, se tragaba a Tom, al padre de Tom, a la madre de Tom, a la casa de Tom y a todo el pueblo donde Tom vivía, para proseguir su camino más glotón que antes.
El pajarillo se elevó por los aires y se alejó pausadamente del lugar.
Copyleft (l) elhombrequecomiadiccionarios.com 2002
Se permite la reproducción total o parcial de esta página y sus contenidos en cualquier medio o soporte, excepto para uso comercial, siempre que se cite al autor de los mismos.