But childhood prolonged, cannot remain a fairyland. It becomes a hell.
Louise Bogan
Nos recuerdo corriendo por entre las angostas callejas de la ciudad. Escondiéndonos de filósofos airados en los cubos de basura. Huyendo de las promesas de iluminación eterna que regalaban a la salida del cine. O simplemente apoyados en la pared de la iglesia, exhaustos, después de haberle sustraído el alma a algún desconfiado feligrés de nariz aguileña y pelo raro.
Nos recuerdo felices y esperanzados, pero también vacíos e ignorantes.
Todas las mañanas, a eso de las diez y media, nos reuníamos frente a los muros de la prisión y lanzábamos discos de vinilo (Ben Sidran, Art Blakey & The Jazz Messenge, Archie Shepp y uno de Benny Carter & Dizzy Gillespie al que le pegamos un calcetín roto) por encima de las cabezas de los guardias, que trataban de derribarlos (sin mucho éxito) con sus pistolas o bien directamente dando saltitos. Después nos íbamos corriendo al local de moda por aquel entonces: el Math Mathonwy, un antro oscuro y peligroso cuya clientela se componía, invariablemente, de lores ingleses y percusionistas eslovacos, a parte de algún que otro borrachín y, por supuesto, de nosotros mismos.
Como no teníamos la edad legal para beber, nos conformábamos escuchando las historias que allí se contaban, y que siempre versaban sobre algún pueblerino de nombre raro y rimbombante que hacía algo estúpido u obsceno, (y a veces ambas cosas). Todavía recuerdo los títulos de algunas de aquellas historias:
El Gran Pedo Azul de Farquhar Gilleasbuig
La Historia de Merryn Nadelek de Cuilliok, que se meó en la corona de Enrique VIII y luego se casó con una yegua
Borlas Moncreiffe y el Culo del Rey Jorge
Había muchas más, por supuesto, pero estas eran nuestras preferidas.
Después de perder un par de horas en el Math Mathonwy, contagiados por el espíritu alegre de las historias que acabábamos de escuchar, corríamos emocionados hasta la siempre concurrida calle Trevedic, donde, por turnos, ofrecíamos discursos a las masas de compradores que por allí pululaban.
- ¡Señora, caballero, no pierdan el tiempo comprando manzanas, pues el Fin está cerca y es posible que mañana no le devuelvan el dinero! Mejor observe el cielo. Y sus estrellas. ¿Qué buena idea, las estrellas? ¿Verdad señora? Regalaría mi templanza y el calcetín izquierdo por haber tenido semejante ocurrencia. ¿Y usted?
- Ayer un caco entró en mi casa. ¿Le impedí que robara? No. ¿Le impedí que me golpeara con su falta de talento? No. ¿Puse mala cara cuando intentó venderme su dentadura? ¡No! Y si no hice nada de aquello, ¿por qué resulta tan difícil tocar un violoncello?
- Como a muchos de ustedes, me cuesta distinguir el Norte del Oeste, así que siempre ando perdido. ¿No sería más fácil qué sólo hubiera una dirección? Dos, a lo sumo. Con el dinero que nos ahorrásemos podríamos pagar a un cillerero y aún nos sobraría pasta para cocinar unos espaguettis.
Aquellos discursos sin sentido, pero sentidos, nos elevaban sobre las masas y nos llenaban de esperanza, de ganas de seguir avanzando, sin mirar atrás, y de multas por alterar el orden público.
Pero nos daba igual. Esperanza y multas eran sólo dos términos más de la ecuación irresoluble en la que vivíamos inmersos.
Tras la agotadora visita a la calle Trevedic, donde recibíamos la misma cantidad de aplausos que de tomates podridos, dábamos un paseo por la ciudad, y nos entreteníamos lanzando El Capital de Carlos Marx, a la cabeza de todos aquellos que supieran contestar cuál era el precio de sus zapatos. Otras veces, en caso de que no hubiéramos podido robar los libros el día anterior, solíamos jugar a Persigue a Jim1, un juego que jamás nos cansaba.
Pero, como dije al principio, tras la felicidad y la esperanza se escondían la ignorancia y el vacío. Cometimos, por no saber parar a tiempo, numerosos errores de los que ahora sólo puedo arrepentirme.
Cambiamos todas las etiquetas de los productos en unos grandes almacenes, y pintamos de color naranja a los pobres delfines del Señor McNorton, que ya nunca volvieron a cantar como en los viejos tiempos. Llevamos a la guerra a todas las pastelerías de nuestro barrio por el simple placer de ver volar tartas de cereza, y pusimos gusanos en todas las manzanas de los puestos de fruta de la calle Trevedic. Nuestros discursos se volvieron cada vez más violentos, hasta que al final éramos nosotros, y no el público, los que lanzábamos tomates podridos, y...
Y para qué seguir. Podría continuar hablando de cómo perdimos el rumbo, de cómo dejamos de distinguir el Norte del Oeste y nos convertimos en unos vulgares artistas conceptuales de tres al cuarto. Pero no merece la pena. Prefiero recordar cómo éramos antes, cómo corríamos entre las angostas callejas de la ciudad, escondiéndonos de filósofos airados, apoyados en la pared de la iglesia, o robándole el alma a algún desconfiado feligrés de nariz aguileña y pelo raro.
Prefiero recordarnos felices y esperanzados. Tal como éramos. En las calles de Beirut.
1 El juego de Persigue a Jim consiste en elegir a la primera persona (Jim) que cumpla unas determinadas características (por ejemplo: pelo largo, gafas, fe inquebrantable en el Demonio), para después seguirlo hayá donde vaya, y en perfecta fila de a uno. El juego siempre termina, y si no compruébalo, con Jim como perseguidor.
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