El Hombre que Comía Diccionarios
Mis Problemas con la Licantropía

Estimado señor Edwin Matthis:

En nuestra última conversación juré no hablarle jamás de mis problemas con la licantropía, ¿recuerda? Le dije - y cito textualmente-: "No le hablaré jamás de mis problemas con la licantropía". También añadí que, de hacerlo, podría golpearme con un zapato. Lo recuerda, ¿verdad?

Pues bien, siento en el alma tener que hacer esto, pero ha llegado la hora de explicarle cuáles son:

Mis Problemas con la Licantropía

Entiéndame, no es mi intención reírme de usted. Ni molestarle con una detallada y extenuante lista de quejas sobre por qué considero que la licantropía, como opción vital, es una pérdida de tiempo y está parcial -o totalmente- superada por el sistema marxista-leninista y el torno de alfarería. Tampoco quiero que piense en modo alguno que hago todo esto para fastidiarle por no haberme devuelto el dinero que, muy confiadamente, le presté hace ahora dos años. No, mi estimado señor Matthis, mi intención es otra mucho más elevada. Pretendo contarle, simplemente, cómo he llegado a la conclusión de que la licantropía, tal y como la percibe el ciudadano medio moderno - usted, por ejemplo-, es fruto de un error en el análisis de algunos documentos de nuestra historia reciente- la revista Penthouse (números 87, 125, 223 y siguientes) y el número dos de las aventuras de Tio Gilito, para ser exactos-.

Pero vayamos directamente al grano.

Verá, si usted trazara líneas rectas que unieran los acontencimientos más importantes de nuestro siglo - atento: siglo XX-, obtendría una maraña inconexa de líneas, una gigantesca red de relaciones, un cúmulo combinacional altamente liante, o algo parecido a un nido de pájaro. Evidentemente, la pregunta que cabe formularse ahora es: ¿dónde está el pájaro? Pues bien - y preste mucha atención porque llegamos a un punto importante-, resulta que no existe tal pájaro. Impresionante, ¿verdad? Pues ahí no termina la cosa.

Durante los años treinta -1934 para ser más exactos- un grupo de científicos rumanos intentó, sin éxito, obtener una fórmula química para transformar el oro en plomo. De haberlo conseguido la economía mundial se habría desplomado, aplastando, con toda probabilidad, algún edificio de oficinas. Sin embargo, ninguno de estos científicos consiguió terminar el experimento.

Todos, absolutamente todos, fueron asesinados. Mejor dicho, misteriosamente asesinados.

¿Ve a dónde quiero llegar? ¿No? Pues entonces lea lo que sigue.

1492, aguas del océano atlántico. Cristobal Colón es reprochado por la visión fantasmal de su padre, que le acusa de ser un torpe sin remedio y de no saber manejar un sextante, además de confudir la India con América y al vigía con un reloj de cuco. Colón llora desconsolado y su padre le pega un puntapié en el estómago. Al día siguiente, a las cinco de la tarde, llegan al Nuevo Mundo. Colón suelta una lagrimita de emoción y pone en hora el reloj.

Señor Matthis, ¿entiende al fin las terribles implicaciones de todo lo que le estoy contando? ¿Ve la relación que existe entre mi insignificante problema y la magistral exposición que le he regalado? Sé que quizá para usted todo esto no significa nada, pero ha de hacer un esfuerzo y tratar de comprender que, en el fondo, existen vínculos muy fuertes entre lo uno y lo otro.

Los mismos vínculos que, desde hace dos años y sin que usted lo supiera, han surgido entre su hija y yo.

Verá señor Matthis, su pequeña florecita y un servidor estamos profundamente enamorados. No puede imaginarse cuánto y con cuánta pasión nos amamos. Pero hay un problema, un terrible mal acecha en esta suerte de paraíso. Soy un hombre-lobo. Un licántropo. El tipo de persona que no es bien recibido en los restaurantes cuando hay luna llena - en mi caso, tampoco el resto del tiempo-. La clase de hombre que los demás hombres temen. La clase de lobo que los demás lobos toman a broma. ¿Puede imaginarse cómo me siento? ¿Y lo terrible que es para mí, como ser dual y transmisor de la rabia, encontrarme en un mundo que no sólo no premia a los seres como yo, sino que los persigue y los castiga hasta la extinción?

Y todo esto bajo el maravilloso y apasionante amor con el que la delicada piececita de porcelana y dulzura que es su encantadora hija me premia cuando estamos juntos. Para volverse loco, ¿verdad?

Señor Matthis, no me importa lo que digan los otros hombres, ni lo que digan los otros lobos. No me importa ya nadie ni nada, y sólo el amor que su hija y yo nos profesamos me impide terminar ahora mismo con mi existencia - y, adicionalmente, con la del equipo de tiro al arco de Westbedlake On Sea-. Pero sabe, no pienso huir. No pienso correr a esconderme. Ni aullar de rabia ante la fatalidad. Esta vez me enfrentaré a mi destino. Seré un hombre... y un lobo. Seré un licántropo. Haré lo que tengo que hacer.

Señor Matthis, ¿me concede la mano de su hija?

Su fiel servidor,

Alan Rüdiger Marlow.

PD: Mañana me pasaré por su casa a cobrar lo que me debe.

 

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