Ahí tienes a Mozart, el músico austríaco que una vez soñó con el príncipe Tamino perseguido por la serpiente, de pie sobre una elegante silla de roble y terciopelo rojo, incapaz de apartar la mirada de sus fabulosos y caros zapatos italianos, y la sonrisa del que se sabe único y genial clavada en el rostro.
Las manos del artista se mueven frenéticamente de arriba a abajo y de aquí a allá, subiendo y bajando, bajando y subiendo, al tiempo que la luz del Sol incide sobre las hebillas metálicas de sus zapatos y dibuja tontas figuras en la pared. La habitación está tan cargada de energía que los objetos que la llenan parecen flotar y el suelo se contrae y cruje.
Mozart sobre una silla, en el centro de la sala de estar, rodeado de silenciosos espejos, no es distinto de cualquiera de sus sonatas o sinfonías. Mozart sobre una silla es un instrumento del propio Mozart y la música que llena la sala sólo es real en su despeinada cabeza y más arriba, mucho más arriba, sobre la bóveda de las estrellas.
Abajo, en la Tierra, completamente absorto y maravillado, el genio de la música no puede recordar qué hace pisando el terciopelo rojo de la silla de roble de la sala de estar, y su mirada sigue sin poderse alejar de los zapatos italianos: "Cuánta magia desprenden y qué cómodos son", piensa Mozart.
Y la música sobre la bóveda de las estrellas todavía sigue sonando.
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