¡Huya, señor Dumont!
Huya, huya, Sr. Dumont, márchese allá donde no puedan encontrarle, y hágalo pronto, porque ya no queda tiempo.
Dése prisa, Sr. Dumont, ocúltese bajo las rocas de algún remoto paraje y, si es necesario, cúbrase con barro y hojas y no vuelva a pronunciar palabra jamás. Escuche, Sr. Dumont, ya casi no queda tiempo, así que hágame caso y huya. No espere a saber lo que le ocurrirá si lo encuentran. No hay tiempo para eso. Huya ahora, en este mismo instante, y sin decir adiós. Desaparezca sin detenerse a observar el paisaje, ni a escuchar cómo le crece la barba. Huya, Sr. Dumont. Y pronto, si es que desea conservar la sonrisa, la camisa y el alma, porque si le encuentran, todo esto se lo arrebatarán.
Escuche Sr. Dumont, hágame caso. No se pare a darle cuerda al reloj. No acaricie al perro que se le acerca. A cada segundo que pasa ellos reducen la distancia un poco más. ¡Si supiera lo cerca que se encuentran ahora! Escuche lo que le digo, Sr. Dumont, porque sólo de esto depende su futuro. ¿Me escucha, Sr. Dumont? Pues entonces muévase ya. Desaparezca. Márchese con viento fresco y no hable con nadie. No escriba notas de despedida. No pregunte cómo de bien se come allá o a qué hora se hace de noche. No haga nada de nada, sólo huya. Si está hablando por teléfono, no se moleste en colgar. Si sujeta una larga escalera de metal, no pida disculpas, deje que la gravedad se haga cargo y ponga tierra por medio. No haga nada. Simplemente, huya. Y rápido, o perderá sin remedio todo aquello que tanto aprecia.
Porque si le atrapan, si se deja coger, Sr. Dumont, entonces todo habrá terminado. Estará perdido, completamente a su merced. Y entonces, al segundo de haber caído en sus redes, lograrán su objetivo, que no es otra cosa que cambiarle. Lo entiende, ¿verdad? Querrán cambiarle para siempre. Ya no habrá más Sr. Dumont. De usted sólo quedará el sombrero. Sólo éso. Todo lo demás lo habrá perdido.
Hágame caso, Sr. Dumont, y lárguese de aquí. Deje que le crezca el pelo, cambie su acento, fume en pipa, improvise una torpe cojera y, si lo cree necesario, bizquee con el ojo derecho, jure que tiene la tiña o que le gusta el pescado. Haga como si no se enterase de nada, pero esté alerta; póngase la bufanda del revés, finja que es polaco... Cualquier cosa, lo que sea para estar a salvo.
Tenga la seguridad, Sr. Dumont, de que si hace lo que le digo, si lo deja todo y se marcha ahora mismo, si cambia zapatos por polainas y la corbata de seda por un trombón, tenga la seguridad, Sr. Dumont, de que entonces nadie podrá encontrarle, y así, de este modo, nadie podrá cambiarle, y usted será por y para siempre el Sr. Dumont. |