El Amor Eterno Sabe a Leche con Galletas
Primeros Pasos de un Loco Enamorado o Loco a secas
Cuando al joven Al Padicci le preguntaron cuál era la chica más guapa de su clase, le vinieron a la mente borrosas imágenes de su infancia: su hermano Alexis Padicci golpeándole en la barriga, su mejor amigo Martin Farlett golpeándole en la cara o su madre, Ángela Farlett, sirviéndole puré de calabacín en su fiesta de cumpleaños. Pero, a pesar del gran esfuerzo que puso en ello, no consiguió pronunciar el nombre de la chica más guapa de su clase, la chica más guapa del mundo: Lucille Arbuskteimer. En vez de eso, aumentó su permanente sonrojo varios cientos de grados y salió corriendo para no volver jamás. Pero, como quiera que Martin le debía dinero, decidió tragarse su orgullo y volver corriendo para no marcharse jamás.
Mucho más tarde, por la noche y en la seguridad de su universo-habitación, soñó cómo sería besar a Lucille. Podía ver claramente una tranquila tarde en el parque, con algunos gorriones canturreando en los árboles y el Sol, en lo alto del cielo, lanzando anaranjados rayos sobre los niños, que corrían asustados y envueltos en llamas. Entonces, una vez disipado el humo, apareció Ella. Avanzaba lentamente hacia él, incapaz de apartar la mirada de sus profundos ojos azules. Y cuando sus rostros estuvieron a un palmo de distancia, tan cerca que los dos podían escuchar el corazón del otro, Lucille sonrió. Y no le dijo "eres feo", no. Ni "Al Padicci, el Idiota", tampoco. No le insultó, ni se rió de él, ni le dio golpes en la cabeza, ni le quitó las gafas y las tiró después a la fuente o se las dio a Martin Farlett para que pintara encima con rotuladores de colores, ni publicó su esquela en varios periódicos locales (incluido el del colegio), ni fabricó pistas falsas que le incriminaran en una decena de asesinatos. No, no hizo nada de eso. Lucille Arbuskteimer o la Diosa del Olimpo o la Chica del Año o el Rostro Perfecto, en vez de inscribirle en experimentos médicos no remunerados, acercó sus labios a los de Al y le besó. Así ocurrió: un sencillo y casto beso de un ser complejo y hermoso. Y, como viene siendo habitual en este tipo de sueños, un estridente sonido procedente de la Realidad (el despertador, probablemente) terminó con la fantasía, el parque, los gorriones, el cielo, el Sol, los anaranjados rayos del Sol, los niños histéricos y flameados, Lucille Arbuskteimer y Al (que, curiosamente, en el sueño medía dos metros y cinco centímetros y llevaba un disfraz de castor).
El despertador siguió sonando hasta que el joven y adormilado Al, en un esfuerzo sobrehumano del que muchos superhéroes del cómic (y otros tantos del mundo real) estarían más que orgullosos, decidió dar por terminado cualquier intento de avanzar en la relación imaginaria con su gran amor. Mientras salía de la cama y se calzaba las zapatillas pensó si por fin hoy se atrevería a expresar sus sentimientos o si, por el contrario, vomitaría los cereales en los lavabos. Sea como sea, se dijo, tendré la oportunidad de volver a verla. Y con esa idea (y sus zapatillas con forma de gato) corrió a la cocina a desayunar. |