El Hombre que Comía Diccionarios
Abril 15, 2003

Donald Burgy

Una chispeante historia de gángsters, bailes de salón, muchachas en apuros y minifaldas narrada con maestría y garbo por uno de los más brillantes talentos de la literatura actual. SUNDAY TIMES.

¡Fantabulosa! NEW YORK TIMES.

Increíble y poética. Auténtica. El personaje de Alma Piper es la revelación del año. EUROPE.

La novela del año: sólo Alison Knowles escribe como Emmett Williams. HARPER'S BAZAAR.

¡Robert Pincus estornuda! MGM.

Los locos años 20 son el punto de partida de una historia cargada de misterio, fantasía, chistes sobre Marcya Fallingshire y submarinos, muchos submarinos. THE GUARDIAN.

Soberbiamente bien tramada: la mejor novela escrita por un positivista neokantiano desde El Tenedor y la Luna. ST. PETERSBURG TIMES.

Reveladora. Originalísima. Misteriosa. ¿Quién iba a suponer que Laura Mandel era una agente doble? BOSTON BOOK REVIEW.

Apasionante. Te atrapa desde la primera frase y no te suelta hasta el final... ¡y qué final! FRANK MARTIN, NEW REPUBLIC.

Hombre, no está mal. EVERETT F. BLEILER.

Donald Burgy

Donald Burgy1, había aparcado su viejo Ford Galaxy 500 en pleno centro de la ciudad (en doble fila, tal y como le gustaba hacer hubiera o no espacio libre para estacionar), y me esperaba dentro del coche farfullando y maldiciendo todo cuanto pasaba por su cabeza2, dando nerviosas chupadas a uno de sus apestosos Romeo y Julieta de a 14'5 pavos (el muy canalla los conseguía gratis gracias a un arreglo entre él, Alan Grosmek y un tipo al que conocieron ambos en la playa, en Sandusky, Ohio, hace ahora 20 años) y escupiendo cada poco por la ventanilla, asustando a los transeúntes y no sé que más tonterías que no quise ver.

Yo me encontraba en la acera de enfrente, en un Papaya King, comprando fruta y pensando en Alma Piper, la doctora Alma Piper, mi vecina, y en su horrible perro color zanahoria, un animal de aspecto sumamente desagradable con una fijación sádica e innata por mis pantorrillas, en especial si estas iban descubiertas. Y, entonces, ocurrió. Mientras esperaba a que me atendieran, me dio por girar distraídamente la cabeza hacia el exterior, y, amigo, tuve que pestañear varias veces, porque no podía creer lo que estaba viendo. Me giré y vi a Burgy, al mismísimo Donald Burgy, no al artista, no al poeta, sino al cabronazo de Donald Burgy, el mismo tipo que, atención, pensaba que Robert Pincus-Witten, Fian F. Dolly y Gilbert Silverman eran la misma persona, en el centro de la calle, con los pantalones bajados hasta los tobillos, sorteando a los coches que pasaban en una y otra dirección y gritando como un poseso, rojo de ira, justo en el momento en que lanzaba mi cinta de Ziggy Stardust & the Spiders from Mars contra un autobús relleno de carne y ojos que no daba crédito a lo que veía. Y entonces caí en la cuenta de algo, de un detalle insignificante y trivial. Me di cuenta de que Donald Burgy era zurdo. Y sin embargo, aquel tipo de la calle, aquel loco de pantalones caídos y aspavientos coléricos, había enviado mi cinta de Bowie, con absoluta precisión, directamente desde su mano derecha a la cabeza del conductor del autobús. Asombrado, volví a mirar al enfurecido Donald Burgy y, joder, me dije, joder, "¡este tío no es Donald Burgy!" ¡Y no lo era! No, aquel tipo del centro de la calle, aquel vejestorio con pinta de borracho, pantalones en los tobillos y un apestoso puro en la boca (un Romeo y Julieta o un Rey del Mundo o un Saint Luis Rey o yo qué sé qué) no era Donald Burgy ni nadie que remotamente se le pareciera. Me había equivocado. Pero entonces me pregunté que, dado que ciertamente aquel hombre no era Donald Burgy, o, al menos, no el Donald Burgy que yo recordaba, entonces, digo, me pregunté que dónde demonios estaba Donald Burgy, el auténtico Donald Burgy, y, también y al mismo tiempo, en un proceso mental difícilmente expresable con palabras, pensé en cómo podría deshacerme del perro color zanahoria de Alma Piper, porque había llegado a la conclusión, en parte aconsejado por Donald Burgy, pero también por el marido de la doctora Piper, Ron, de que, por el bien de todos nosotros, debía hacerlo desaparecer cuanto antes. Y justo después de determinar que lo más práctico (y rentable) sería donar el maldito chucho a la ciencia ya fuera entero o en forma de cubitos, me giro y me veo reflejado en un espejo. Y, coño, resulta que YO era el jodido Donald Burgy y el que estaba ahí fuera, para mi asombro, era el mismísimo George Brecht (ahora sí: el artista fluxus), subiéndose rápidamente los pantalones y llevándose MI Ford Galaxy 500, MIS puros Romeo y Julieta y el perro de Alma Piper que llevaba drogado en el asiento de atrás.

- Vaya día, ¿eh? – le dije al chaval que me atendía-. Oye, chico, ponme unos melocotones.


1 Nada que ver con el artista del mismo nombre. N. del T.

2 Como ejemplo, durante el lapso de tiempo que me llevó deshacerme del cinturón y salir del coche, Burgy llegó a despotricar, y no exagero, contra: la gente que caminaba con prisa frente al Galaxy, el reparto íntegro de Casablanca (que conoce de memoria) con menciones explícitas (y obscenas) sobre John Qualen, Curt Bois y Jean Del Val en una fiesta playera en el 43, la nariz de George Brecht (no el artista fluxus, sino un pariente lejano de un conocido del propio Burgy), la mantequilla light, mi restaurante favorito, el Union Pacific de Nueva York, y la, en su opinión, criminal forma que tienen de preparar el Carpaccio, Sylvia Plath, la goma de resina, los modales y amaneramientos de George Brecht (con una leve (pero ácida) mención a su nariz más un comentario ofensivo y exagerado sobre un crítico musical al que no conozco, pero de cuyos extraños hábitos sexuales ya había oído hablar en cinco ocasiones durante el transcurso de la mañana), los vuelos tripulados a Marte, "John, I'm Only Dancing", (que estaba sonando en el tocadiscos por sugerencia, o más bien, por insistencia mía), y algo que no acabé de entender sobre uno de sus amigos, Alan Grosmek, y cierto problema que éste tuvo con un zapato marrón y una funda de guitarra robada.

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