La Feria del Libro
Como les iba diciendo. Camino, nada triste, hasta llegar a la plaza - la de los libros, recuerden-, donde se levanta una gran carpa blanca. No me lo pienso mucho, a pesar de mi secreta aversión a las carpas, y entro decidido a saquear los stands o, en su defecto, a realizar un intercambio amistoso del tipo dinero-libro. No me sale bien la jugada: en cuanto doy un paso dentro, una animadora infantil se me planta a escasos centímetros de mi cara y me apunta con una pistola de agua. Su rostro, del mismo color que la carpa, refleja una mezcla de pánico y cansancio que sólo he observado en algunas especies de roedores y langostas. Con la pistola todavía apuntándome a la cabeza, me intereso por el motivo de su palidez. Ella me responde, entre tics nerviosos y repeticiones distorsionadas de la palabra "novocaína", que la causa de su estado son "esos malditos demonios". Me siento confundido, a su alrededor sólo veo un grupo de niños tirándose del pelo y lanzando pinturas de cera a los visitantes de la feria. "¿Los niños?", pregunto. Pero ella no me responde, está mirando a un par de críos que, de alguna manera, han conseguido hacerse con su bolso y vaciarlo por encima de un abuelete entrañable. Cuando terminan, después de dividir el bolso en cientos de pedacitos, la animadora se da la vuelta y me mira. "Tienes que hacer algo", suplica, "te juro que si no les dices algo, lo que sea, para que se calmen, me los cargo a todos". Su cara está descompuesta: además de la aparición de nuevos tics nerviosos - dos de los cuales me resultan sumamente divertidos, aunque me abstengo de comentarlo-, y de sus ojos inyectados en sangre y venganza, en su mente - y no me digan cómo lo sé-, surgen ideas que relacionan niños y bricolaje en sus más desagradables formas. "¿Y qué quieres que haga yo?", pregunto inocentemente. "Háblales", me dice, "¡cuéntales algo!", grita, "haz que se vayan, que desaparezcan". Parece enfadada, y triste, y nerviosa - aunque nunca he conseguido entender bien a las personas-, por lo que me decido a ayudarla.
Lo primero que hago es... tropezarme (un viejo truco para llamar la atención, por supuesto). Después de eso, y una vez recuperada la verticalidad, aparto suavemente a la animadora infantil y me dirijo a los monstr... a los niños. Lo que sucede a continuación es algo confuso, pero incluye el relato del origen de nuestro universo - y el de un par de universos más, aunque con peores vistas-, la explicación del funcionamiento de un agujero negro y la descripción, detallada, del significado de la palabra "nictálope". Tras varios minutos de monólogo - durante los cuales soy golpeado repetidamente por algunos libreros-, consigo aplacar la ira de los pequeños niñ... monstruos. La animadora infantil llora de alegría - quizá por mi correcta dicción, quizá por las pastillas azules que se ha tomado-, y los libreros, ya cansados de atizarme, me saludan con la mano mientras abandono, sonriente y magullado, la carpa blanca.
Camino silbando por las calles de L., ignorando los gritos de terror procedentes de la feria.