El Hombre Que Comía Diccionarios >> volver

9, Haha, Tautologie


Kenzaburo, por Henry Pathé

Menudo día.

Primero, la escuela: los niños, gritando cerca y las niñas huyendo, corriendo en el patio, y el viento y todo ese frío, ¡qué frío!, y la profesora de matemáticas, y el de religión, ¡qué miedo!... menudo día. Y el escritor ése: "soy escritor, porque tengo las orejas grandes"; y tan grandes… y entonces piensa, piensa que él también tiene las orejas grandes, ¡y qué grandes!, y que es feo, y entonces se dice, puede entonces que yo, que soy feo y tengo las orejas grandes, puede que yo algún día también lo sea.

Y ahora la merienda y la madre mira que te mira por los armaritos, toma un trozo de pan y chocolate, pero primero el pan y después un trocito de chocolate y luego a lavarse las orejas, a ducharse y limpiarse todo el cuerpecito y sobretodo detrás de las orejas, qué grandes, como el escritor ese, qué feo.
Menudo día, y piensa que él también quería ser escritor porque el hombre dijo, tímidamente, "un feo escribe historias donde ya no importa serlo, importan otras cosas y el mundo debería ser algo así" y entonces el escritor se cae y la profesora dice, niños, preguntad y ahí está la pecosa con su bloc de notas y sus preguntas escritas por su papá que debe ser cardenal o alguien importante y muy listo y la niña "¿para quién escribe?" y el feo "pues aún no lo sé" y ella "gana mucho dinero usted, ¿eh?" y el orejudo "pues mira, puede que más del que me merezco" y no deja preguntar y el niño quiere con todas sus fuerzas preguntar: "¿sus orejas crecían rápido?" y el escritor se habría reído a carcajadas y habría puesto sus miopes ojitos sobre la cabeza del niño y le habría mirado con simpatía, como a través de un espejo, y le habría dicho algo bonito o le habría dedicado el libro "a mi amigo de orejas grandes y nariz grande, por feo y por escritor".

Y todo habría encajado, como cuando uno inventa cosas para dormir y de pronto se queda dormido en el acto y cuando se levanta al día siguiente le es del todo imposible eso de adivinar en qué momento se quedo dormido; le es imposible de veras, porque uno siempre recuerda que se levanta y que se lava los dientes deprisa y todas esas legañas; uno siempre se acuerda, pero del momento en que se duerme, nadie, ni los más listos, ni tan siquiera el profesor de biología se acuerda, porque es un misterio de esos que debieran de enseñar a descifrar en las horas muertas de los domingos, cuando no tienes ganas ni de jugar al fútbol con los chicos de la calle, cuando te quedas en casa aburrido en medio de una página de un libro, entonces debieran de venir papá con su larga barba y mamá con el delantal y explicar el misterio.

Y aún queda día por delante, toda noche, aún queda la ración de sopita para bobos y aún habrá de venir papá con la cara de cansancio y el olor a coche y a largo viaje y aún mamá dirá llamemos a la abuela y la abuela aún tendrá que preguntar lo de siempre y el niño contestar como siempre que sí, que todo va del todo bien.

Aún deberá el niño de ponerse el pijamita ese, el de algodón porque el otro estará lavándose y uno piensa que las cosas se hacen solas, pero no, si el pijama azul no está debajo de la almohada no es cosa de hadas, sino que mamá lo ha puesto en el trasto ese de lavadora y la lavadora venga a limpiar y a limpiar.

Aún deberá el niño quedarse tumbado en el sofá viendo la tele y luego a lavarse los dientes otra vez, que parece que de tanto insistir los dientes se le van a caer un día de estos, eso sí, caerán blancos como los colmillos de un elefante.

Menudo día; el niño tiembla con la emoción al pensar en el hombre ese, con el fino bigote y los quevedos en la mesa, hablando tan despacito que parecía congelar el tiempo, pero la niña pecosa hablaba tan rápido y tan preparada que el tiempo acabó por agotarse y al niño le dio miedo entonces ir hasta la cola para que le firmara el libro el escritor y se dijo, mejor no, y al fin garabateó en matemáticas la dedicatoria y ponía "gracias" y una firma de esas complicadas, de hombre interesante, un trozo de letra y luego circulitos y un punto y la fecha, y la dedicatoria no se parecía en nada a la que tenía Martin que también tuvo miedo, que también se inventó la firma pero era muy tonta y no se entendía y parecía más que le hubiese firmado el director que un escritor con orejas grandes.

Aún quedaba día, se fue pronto a la cama, muchos besitos y que duermas bien y no leas hasta tarde y pon ya el chándal en la silla para que mañana no se te olvide, que te conozco, y todos esos consejitos de madre buena y un beso a tu padre y cómo pica la barba. Y a la luz del flexo escribió su nombre y luego en letras grandes "Capítulo Primero" y luego la página se hizo inmensa y quería empezar pero le salían tonterías del cerebro quería hablar pero no sabía muy bien de qué y empezó a hablar en voz alta a fin de aclararse y mamá hizo "Schhich" y él se avergonzó, se puso rojo y un trémulo soplido iluminó su cuerpecito, sintiendo frío y pensó que quizá no era suficientemente feo para ser escritor y se puso a mirarse en el reflejo de la ventana y vio las orejas grandes y la nariz grande también y vio a Ruth y las veces que huía tras de ella y ella tras de algún chico más alto y que encestaba mejor y vio pues su máxima fealdad, pensó que quizá aún no le habían crecido las orejas suficiente o vete a saber, que quizá algún día sería miope y quiso de verás tener gafas.

Aburrido, se acostó y apagó la luz, y con ello trajo la noche uno de esos silencios que dan miedo, esos que tocan cada copa de árbol y resuenan más allá de la vida, y suspirando quiso quedarse pétreo, quiso no ser tan inútil y se contó los dedos de las manos y luego los de los pies y cuando acabó quiso inventarse una historia, una novelita que pudiese regalar a Ruth para que ella supiera, ella entendiese que el mundo no es una cancha de baloncesto, ni un chico encestando, para que viera que el mundo son otras cosas, esas que escriben chicos feos, o al menos que eso debiera ser el mundo.

Aún queda dormir, se queda quieto y piensa en dormir y piensa en no pensar para que así uno duerma de pronto, como una fiesta que explota y piensa que le gusta soñar cosas bonitas y mira el reloj despertador azul de la mesita y lucen como luciérnagas los cuatro fatídicos ceros, ya es el día siguiente, ya es mañana a la noche y por el día tendrá gimnasia a primera hora y qué rollo eso de salir al patio a dar patadas a un balón y a recibir otras tantas; y piensa en ponerse enfermo y quedarse en casa leyendo o escuchando la radio o con suerte irse hasta el salón, si es que la fiebre no es muy alta, con la mantita a cuadros y una taza calentita a ver dibujos, y mamá preocupada por la tos y él, él encantado perdiendo el tiempo, sin hacer nada, como un verdadero enfermo pero sin el frío del hospital, calentito.

Y entonces es cuando el niño se queda dormido y uno no sabe en que momento, si es antes o mientras piensa en lo de enfermar, uno no sabe si después se dijo en bajo buenas noches o rezó un poquito al niño Jesús o si se quedó dormido mientras contaba los deditos de la mano y al llegar al sexto, el primero de la mano izquierda, se quedó planchadito y lo que pensó formaba ya parte del propio sueño, es un misterio, un gran misterio alado, como un delfín que juega con la marea y muere poco después ahogado en los bajos de un petrolero, un misterio, sí.

Henry Pathé