El Arte de Comer Ensalada
El Arte de Comer Ensalada fue publicado originalmente el 7 de Octubre de 2002 en el número 2 de la revista literaria Jaque. La versión que les mostramos aquí presenta algunos cambios menores. La localización de los mismos se deja como ejercicio al lector.
I - La Calle Grand
20:50. Olor a química y gasolina en la calle Grand, ecos del despegue de un transbordador espacial sobre el pavimento y el calor asfixiante de aquella tarde de invierno a la vuelta de cada esquina. El Sol se ríe de los peatones. Las palomas duermen. A pocos metros de aquí, la tienda de licores de la calle Grand muestra un aspecto desolador. En el transcurso de las catorce horas anteriores ha sido saqueada media docena de veces, hecho insólito únicamente atribuible a una grave falta de comunicación entre las bandas que operan en la zona. Cien pasos más allá, sin embargo, ocurre algo mucho menos insólito.
Una muchedumbre silenciosa se agolpa frente al tristemente célebre "Edificio Goldberg" (1), y observa cómo un inquilino del octavo piso, el señor Martin Amis, es conducido al furgón blindado de la policía local.
El aspecto del señor Amis es lamentable. Lleva el pelo revuelto y los bajos de la camisa por fuera del pantalón, avanza dando pequeños saltitos debido a las esposas que aprisionan sus tobillos y parece desorientado. La mezcla de patetismo e indefensión provoca cierta ternura en los espectadores presentes -la mayor parte de ellos vecinos del señor Amis-. Todos están de acuerdo en que este insignificante humano es inocente, que alguien ha cometido algún error en el proceso de detención y que no se merece lo que le está pasando.
Una vez que la policía ha desaparecido por el horizonte, la multitud se disuelve y retorna a sus quehaceres diarios pensando en lo que se le viene encima al pobre inquilino del octavo piso.
II - El Octavo Piso
20:37. Bob Dylan suena a todo volumen en el octavo piso del "Edificio Goldberg". La puerta entreabierta de la cocina nos permite divisar la encorbada figura del señor Amis, que tiene toda su atención puesta en algo que sus finas manos de escritor sostienen. Se trata de un diminuto tomate de color marrón y aspecto ligeramente desagradable. A decir verdad, cuesta creer que esa pelotita flácida y abombada sea un tomate -y mucho menos uno comestible-. Sin embargo, para el señor Amis aquella verdura enana representa todo un logro y, también, una fuente de problemas en potencia.
El señor Amis se seca el sudor de la frente y coloca el tomatito en el recipiente de cristal que tiene delante. El tomate desciende rodando por la ladera vegetal formada por tres o cuatro hojas de lechuga y se detiene al chocar con algo parecido a un pepino. La ensalada del señor Amis tiene un aspecto ridículo, asemejándose más bien a los restos de un primer plato o a una broma pesada acerca de la cocina macrobiótica.
El último toque es la cebolla, que sale de una bolsita de plástico transparente. Tres finas tiras de cebolla colocadas con delicadeza sobre la lechuga completan la ensalada del señor Amis, que se toma un momento para observar su creación.
Sólo tiene un segundo. Al instante siguiente, la puerta de entrada salta del marco y se estampa contra el suelo estrepitosamente. La policía irrumpe en la cocina y detiene al señor Amis por la posesión ilegal de un tomate enano, cuatro hojas de lechuga, un pepinillo y tres finas tiras de cebolla. El pobre señor Amis está en apuros; y mientras la policía le conduce hasta el furgón blindado, Bob Dylan, ajeno a lo que acaba de ocurrir, entona las estrofas finales de "Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again" (2) y se sirve un Dry Martini a la salud del desdichado señor Amis.
III - El Juicio
21:00. Su Señoría el Juez W. Nicholson III está dormido. Su cabeza reposa sobre una pila de aburridos informes, cuando el alguacil llama a su puerta y le despierta, sacándole de un bonito sueño en el que aparecía durmiendo sobre una pila de aburridos informes. El alguacil le hace saber que el juicio contra el señor Martin Amis va a comenzar y que haría bien en vestirse.
El Juez Nicholson sale de su despacho cinco minutos después y el juicio da comienzo.
En la sala sólo hay cuatro personas: el Juez Nicholson, el alguacil, el fiscal - el señor Peterson- y el pobre señor Amis, que todavía está algo aturdido. A éste último le han introducido en una cabina insonorizada, de forma que no pueda hablar y ser oído. La única forma de comunicarse es un panel que hay frente a él. Dicho panel consta de tres botones de color marfil, sobre los que hay instaladas tres pantallitas de cristal líquido. El funcionamiento es sencillo. La pulsación de uno de los botones imprime la palabra o frase de la pantallita correspondiente en un gran monitor que hay en la parte superior de la cabina, por fuera. Esta es la única forma que tiene el acusado de comunicarse con el exterior. Unos altavoces transmiten lo que ocurre en la sala. La cabina se completa con una silla de madera y un vaso de agua. Vacío.
El Juez Nicholson toma asiento y se ajusta las gafas bifocales. Le hace una señal al alguacil, que se acerca a la cabina y apoya una Biblia contra el cristal.
Alguacil: Señor Amis, ¿jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
En las pantallitas de la cabina aparecen tres posibles respuestas:
a) Sí, lo juro.
b) No, maldito retrasado.
c) En cuanto salga de aquí te haré papilla, jodido cabrón.
El señor Amis se lo piensa un poco antes de responder y finalmente aprieta el botón A. En el monitor de la sala aparece su respuesta iluminada: "En cuanto salga de aquí te haré papilla, jodido cabrón". El Juez Nicholson se pone furioso.
Juez Nicholson: ¡Señor Amis! Está acusado de un gravísimo delito por el cual es seguro que resulte condenado. No le permitiré que me insulte a mí o a esta sala. Si quiere insultar a alguien, que sea al alguacil. Le repetiré la pregunta. ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
Las pantallitas de la cabina vuelven a mostrar las mismas respuestas y el dedo de Martin Amis tiembla notoriamente cuando pulsa otra vez el botón A.
Señor Amis: Sí, lo juro.
El Juez Nicholson mira al acusado y hace un gesto de aprobación.
Juez Nicholson: No crea que esa respuesta le va a servir de algo. Las pruebas indican claramente que usted tenía en su poder verduras ilegales con las que pretendía preparse o se había preparado una ensalada.
El Juez Nicholson hace una pausa y se quita las gafas.
Juez Nicholson: ¿Qué tiene que decir a eso, señor Amis?
En el panel de la cabina aparecen tres nuevas respuestas. Esta vez el señor Amis no tiene muy clara la opción correcta. ¿Debería responder "me gusta el sabor ácido y dulzón de la sangre"? ¿O quizá mejor "he hecho cosas terribles con el cadáver de mi sastre"? No sabe qué hacer, así que aprieta el botón C.
Señor Amis: ¡En cuanto salga de aquí te haré papilla, jodido cabrón!
El Juez Nicholson estalla en ira y lanza la Biblia contra la cabina, que se abre en Proverbios 25.28 (3)
Juez Nicholson: ¡Señor Amis! Le condeno a la pena máxima: ¡cadena perpetua!
El señor Amis se echa las manos a la cabeza horrorizado y después aprieta un botón, pidiendo clemencia.
Señor Amis: ¡La silla eléctrica, la silla eléctrica!
Juez Nicholson: ¡Que así sea! ¡Alguacil! ¿Está usted de acuerdo con el veredicto?
Alguacil: Sí, Señoría.
Juez Nicholson: ¿Señor Peterson?
Señor Peterson: ¿Señoría?
Juez Nicholson: Tráigame un vaso de agua.
IV - La Cárcel
3:00. Han pasado cinco días desde que su Señoría el Juez Nicholson dictara sentencia. La silla eléctrica duerme en el patio de la cárcel a la espera del señor Martin Amis, que será ajusticiado y chamuscado a partes iguales a las ocho en punto de la mañana.
En la celda, el señor Amis está despierto y tiene pesadillas. Ha abandonado toda esperanza de salir vivo de allí, por lo que repasa mentalmente la lista de divinidades a las que sería conveniente comenzar a rezar. Le duele la cabeza y se lamenta por haber cometido la terrible insensatez de hacerse con aquellas verduras. ¡Y en plena administración Reagan! Ahora tendrá que pagar con su vida aquel nefasto error. ¿Qué pensaría su padre de todo esto?
Señor Amis: Papá, ¿qué piensas de todo esto?
El padre del señor Amis, el señor Marcus, se gira en su jergón.
Señor Marcus: No lo sé, Martin. Si tu madre estuviera aquí, ella sabría qué contestarte... pero la trasladaron al bloque D hace una semana. Anda, hijo, sé buen chico y duérmete. Mañana te espera un día muy ajetreado.
El señor Martin se acuesta en su camastro y cierra los ojos. Trata de imaginarse cómo será eso de no existir y si su alma, en caso de que exista, vagará por el Universo eternamente. Entonces, durante ese estado de duermevela que precede al sueño, ocurre algo en la celda.
El señor Martin abre los ojos y concentra toda su atención en un siseo extraño procedente del exterior, que en seguida crece en intensidad. Se levanta de un salto de su jergón y se asoma a la diminuta ventana de la celda. Como suponía, alguien está diciendo su nombre.
Bob Dylan: ¡Señor Martin! ¡Aquí, señor Martin!
Señor Martin: Shhh, baje la voz. ¿Quién es usted y qué es lo que quiere?
Bob Dylan: Puede llamarme Bob, señor Martin.
Señor Martin: De acuerdo, Bob. ¿Qué quiere?
Bob Dylan: Escuche, sólo vengo a decirle que no se preocupe por nada. Usted forma parte de una obra de ficción que está a punto de terminar, así que mañana no se sentará en la silla eléctrica.
Señor Martin: ¿Acaso le divierte bromear con un condenado a muerte? Porque si...
Bob Dylan: No, no. Escúcheme bien, señor Martin. Usted no existe realmente. Eso es todo. Alguien le ha creado a usted para que apareciera en esta obra.
Señor Martin: Oiga, si eso fuera cierto, ¿no le parece un recurso literario un tanto trillado? No veo que aporte nada nuevo a lo que se ha escrito anteriormente.
Bob Dylan: Precisamente por eso estoy aquí. El autor me ha solicitado ayuda para encontrar un buen final. ¿Le importaría proponer un final alternativo? Bastaría con un par de líneas.
El señor Martin medita unos instantes.
Señor Martin: ¿Qué le parece una gran explosión que acabase con todo?
Bob Dylan: Hum... demasiado violento.
Señor Martin: Cierto, cierto... ¿y si la cárcel se transfroma de pronto en una isla paradisíaca en el océano Pacífico y todos somos felices hasta el fin de los días?
Bob Dylan: Infantil.
Señor Martin: ¿Una civilización extraterrestre llega a la Tierra y nos esclaviza?
Bob Dylan: Estúpido.
Señor Martin: ¿Una máquina del tiempo del año 5000?
Bob Dylan: Ya hay una película de esto.
Señor Martin: ¿Mutantes?
Bob Dylan: Tonto.
Señor Martin: ¿Una glaciación?
Bob Dylan: Aburrido.
Señor Martin: ¿Final cíclico?
Bob Dylan: Confuso.
Señor Amis: Un robot gigante y de aspecto maléfico que escribe la palabra "fin" sobre una playa.
Bob Dylan y Martin Amis se quedan parados, pensando en lo que acaban de oír.
Bob Dylan: Bueno, qué demonios. Al fin y al cabo, se nos está acabando el tiempo.
Y entonces, un instante después de que Bob Dylan haya terminado de hablar, un robot gigante y de aspecto maléfico desciende sobre una playa de Bali y escribe en letras gigantes y maléficas la palabra: "fin".
FIN
(1): Construido antes de la guerra, este monstruo de ladrillo rojo, líneas clásicas y armazón de aceroplástico de más de setenta pisos de altura, ha tenido múltiples usos a través de los tiempos, siendo el de edificio en ruinas el más extendido de todos. Actualmente da cobijo a personas de bajo estrato social -principalmente dentistas y guionistas televisivos-, que no pueden permitirse el lujo de vivir en un edificio que carezca de graves deficiencias estructurales. Si se mantiene en pie se debe simplemente a la casualidad.
(2): "Now the bricks lay on Grand Street / Where the neon madmen climb".
(3): "Como ciudad sin muralla y expuesta al peligro, así es quien no sabe dominar sus impulsos". |