El Hombre que Comía Diccionarios
Julio 23, 2003

La Máquina Aritmética

Día 23. A.N. En las antípodas de lo supuestamente razonable la luz es el "conatus recedendi" que sentimos al levantarnos, pero nos han despertado con descargas eléctricas y promesas de sufrimiento infinito y sólo vemos verde. Montaigne se equivocaba, claro, para él todo se reducía a un simple y pueril silogismo, a un juego de malabares conceptual del que era imposible salir malparado. Y ahora su arrogante y frío cadáver descansa en la ribera del Volga, bajo una montaña de diávolos chinos en mal estado y con la certeza de que el Destino hizo trampas cuando nadie miraba.

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Día 111. A.D.C. Al amparo de la oscuridad nocturna y confabulado con la Luna, recorro los trescientos metros que me separan de la libertad soñada. A mitad de camino siento una terrible opresión en el pecho y caigo fulminado al suelo. Me falta el aliento, me quedo ciego. Las alarmas gritan furiosas; intento levantarme, pero no puedo. Tiemblo al pensarlo: Kurthingham lo tenía todo previsto. Horror; la desgracia devuelve la memoria.

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Día 14. A.N. "Para domar más fuertemente este horror es necesario comprender bien su origen; y, para mostrároslo en pocas palabras, es necesario que os diga cuál es, en general, la fuente de todos los vicios y todos los pecados". Blaise no logra conciliar el sueño y se pone a citar de memoria; luego conversamos un rato. Me cuenta cosas de su infancia, de los problemas que tuvo con sus padres, de un verano en Avignon, de su interés por la entomología y cosas así; yo le explico mi plan secreto para escapar del castillo, pero al poco de hablar noto su falta de interés y decido cambiar de tema. Le hablo de las tijeras de uñas de la doctora Lewis y de cómo podría hacerme con ellas en nuestra próxima visita a la enfermería, pero me interrumpe bruscamente. Nadie puede escapar del castillo, dice, y luego se duerme.

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Día 21. E.C. Vemos pasar a Montaigne leyendo el periódico y tomando té en nuestra visita semanal a la enfermería. "¡Necio proyecto el que ha tenido, de pintarse a sí mismo! O sea, que no ha muerto.", me dice Blaise al oído. Eso parece. Montaigne no ha muerto, está vivito y coleando, el muy canalla. Todo resulta muy confuso y verde. Cuando llegamos a la enfermería una nota pésimamente mal caligrafiada nos informa de que la doctora Lewis se ha perdido en el ala sur del castillo y que no encontrará la salida hasta el martes, por lo que las visitas a la enfermería se suspenden por esta semana. Al salir de la habitación alargo la mano y robo las tijeras de uñas.

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Día 173. A.S. En nuestra huída, caminamos sin rumbo por los pasillos y corredores del Ala Sur, hasta que por casualidad damos con la Habitación Ocular. Nos asomamos por la puerta y vemos a los Obispos jugando con pistolas de agua, apostando a las carreras, cospirando desnudos y citando a Calaiss. El influjo de Derrier es aún fuerte sobre la momia de mi padre y se permite el lujo de quitarse la esclava húngara con la que ejerce su terrible control sobre ella para mostrarles al resto de los Obispos el enorme poder que aún conserva. No nos quedamos a ver más, pues oímos pasos tras nosotros y salimos corriendo, temerosos de ser descubiertos espiando. En nuestra nueva huída tomo nota mental de que en esta zona del castillo las líneas telefónicas están cortadas.

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Día 41. S.R. Nos despiertan de madrugada y nos conducen con los ojos vendados a sala de reuniones del Ala Este, una habitación pequeña pero de techo altísimo, desprovista de todo mobiliario. Una vez allí nos retiran las vendas y nos vuelven a contar. Están todos los Obispos menos Derrier, que no asistirá a la reunión de hoy porque se encuentra de viaje en K****. Me fijo en los Obispos: parecen nerviosos; la ausencia de Derrier les incomoda a todos y constantemente se escrutan unos a otros en busca de aprobación.

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