El Hombre Que Comía Diccionarios
La suma de lo virtual y de lo postergado es la tenacidad de la escritura. ?
Invitado por sorpresa
A decir verdad, no estaba previsto. Teníamos aún trabajo para el día siguiente. Únicamente habíamos pasado para consultar una cosa. Y de pronto:
—¿Te quedas a cenar? Nada, algo sencillo, ya improvisaremos algo.
Esos escasos segundos en que sentimos que nos lo van a ofrecer resultan deliciosos. Es la idea de prolongar un buen momento, desde luego, pero también la de saltarse a la torera el tiempo. El día había sido ya previsible; la noche se anunciaba tan inamovible y programada... Y así, de pronto, en dos segundos, nos zambullimos en la novedad: podemos cambiar el curso de las cosas, de golpe y porrazo. Está cantado que nos dejaremos invitar.
En esos casos, huelgan los cumplidos. No van a recluiros en un sillón del salón para ofreceros un aperitivo conforme a los cánones. No, la conversación se cocerá en la cocina —¡ten, si quieres ayudarme a pelar las patatas! Con un mondador en la mano, la gente se dice cosas más profundas y naturales. Nos comemos un rábano al pasar. Cuando nos invitan por sorpresa, pasamos a ser casi de la familia, casi de la casa. No hay limitación alguna a la hora de moverse. Tenemos acceso a todos los rincones, a las alacenas. ¿Dónde pones la mostaza? Flotan perfumes de escalonia y de perejil que parecen venir de otro tiempo, de un lejano clima de confraternidad —acaso el de las noches en que hacíamos los deberes en la mesa de la cocina.
La conversación va espaciándose. Ya no necesitamos todas esas palabras que fluyen sin parar. Lo mejor ahora son esas suaves playas entre las palabras. Sin cumplidos. Hojeamos un libro al azar en la biblioteca. Una voz dice «creo que está todo listo» y rechazaremos el aperitivo —«de verdad». Antes de cenar, nos sentaremos a conversar en torno a la mesa ya puesta, los pies apoyados en la barra un poco alta de la silla de mimbre. Nos sentimos a gusto cuando nos invitan por sorpresa, completamente libres, ligeros. Con el gato negro de la casa acurrucado entre las piernas, nos sentimos adoptados. La vida ha dejado de moverse: se ha dejado invitar por sorpresa.
Traducción del francés: Javier Albiñana