“Uno sabe quiénes son, ya los identificamos, porque algunos regresan a la librería. Y cuando uno los descubre antes que se vayan, antes de que suene el sensor, les dices que para evitar problemas devuelvan los libros. Entonces se enojan y nos tiran los libros por la cabeza, junto a un tremendo rosario de groserías y, por supuesto, las amenazas de muerte por sapos”
Mientras yo rememoro épocas más dichosas (y cleptómanas) a orillas del Meno, les animo a que lean este artículo sobre ladrones de libros que publica El Mercurio.
January 28th, 2007 at 4:25 am
Yo tengo un amigo (al que por cuestiones de seguridad aquí y ahora llamaré Tome Raider) que se ríe de los antihurtos y toda esa ganga electrónica con la que se pertrechan las librerías y, en general, los establecimientos de venta de las capitales.
Tome Raider es un verdadero ninja de las librerías caras de Barcelona, un forajido invisible que hace pagar sistemáticamente la Tasa Robin por todo el centro ilustrado de la ciudad, un virtuoso al que no hace servicio gadget especial o compinche alguno.
Recuerdo con especial cariño una de sus hazañas. Un día, curioseando en una de mis librerías pijas favoritas, me ofendieron unas pegatinas horrorosas instaladas en los anaqueles de roble: “local protegido por cámaras de videovigilancia” proclamaban en negro sobre amarillo. ¡Qué horterada! Pensé. ¿Cómo se les ocurre colocar estos horrores en mi local de vagabundeo habitual? Escrute las alturas y, en efecto, allí estaban apostados estratégicamente los implacables ojos rojos de la detección.
Me disponía a salir de allí abrumado por el asco y el miedo cuando algo llamó mi atención. En la sección de filosofía, una de las materias más saqueadas por mi buen amigo, alguien se había dedicado a pegar concienzudamente un cartelito naranja al lado de cada aviso disuasorio; rezaba: Dix Fois Trop Tard.
Y yo susurré para mis adentros: Tome Raider.