No se alejaron mucho, es decir, que no salieron del Uni-Park, sobre el que aquel domingo de junio derramaba buen tiempo y multitudes, aunados en un hervidero negro y vociferante que rociaban con sus luces y sus músicas más de veinte atracciones. Aquí giras en redondo y allá caes de lo alto, aquí vas muy rápido y allá todo torcido, aquí te atropellan y allá te hostias, por todos lados meneas el esqueleto y ríes, pruebas culamen y palpas chucháis, ejercitas el tino y mides la fuerza, y ríes, te desatas y jalas polvo.
Pierrot, Petit-Pouce y Paradis se apoyaron en la barandilla que rodeaba la pista de los coches eléctricos y examinaron la situación. Como de costumbre, había parejas (sin interés), hombres solos, mujeres solas. Toda la gracia estaba en que los hombres solos chocaran con las mujeres solas. Algunos hombres solos, muy jóvenes, aún en plena flor de la ingenuidad, se contentaban con los goces de la vanidad y se dedicaban a describir elipses sin chocar. Tal vez se consolaran así de no tener uno -un coche- de verdad. En cuanto a las mujeres solas, podían, naturalmente, sor dos en el mismo coche, lo que no les impedía estar solas, salvo en casos extremos más o menos sáficos.
Petit-Pouce y Paradis, tras haber chocado esos cinco con colegas cuya tarea consistía en revolotear de auto en auto para cobrar a los aficionados (algunos de ellos no arrancaban en toda la noche), divisaron precisamente a una de esa parejas bihémbricas y reconocieron a las dos periquitas que habían iniciado la fiesta ante el Palacio. Esperaron pacientes a que de choque en choque pasaran cerca y entonces se dirigieron a a ellas, sin vergüenza. Ellas al principio no hicieron caso de sus tejos y siguieron con sus peregrinaciones, pero, cuando un atasco general les encajonó delante de sus galantes, se dignaron a sonreír.
Cuando sonó la campana que señalaba un nuevo turno, Petit-Pouce y Paradis saltaron la valla y corrieron hasta un vehículo. En cuanto la campana anunció la reanudación de las hostilidades, se lanzaron a la persecución de las dos niñas para percutirlas. ¡Y duro ahí! Tras haberse así conocido con creces, al siguiente toque de campana un intercambio repartió a esas cuatro personas en dos parejas heterosexuales. Petit-Pouce eligió a la morena del pelo rizado y Paradis cogió a la descolorida. ¡Y duro ahí! Pierrot no eligió ni cogió nada.
Acodado muy a gusto, Pierrot pensaba en la muerte de Luis XVI, lo que quiere decir en nada preciso en particular; no había en su cabeza sino un vaho mental, ligero y casi luminoso como la bruma de una hermosa mañana de invierno, sino un vuelo de mosquitas anónimas. Los autos se hostiaban con energía, los troles crepitaban contra el hilo metálico, había mujeres que gritaban, y, más allá, en todo el resto del Uni-Park, había un rumor de multitud que se divierte, un clamor de charlatanes y farsantes que convierte y un fragor de objetos que se invierten. Pierrot no tenía ninguna idea especial sobre la moralidad pública ni el porvenir de la civilización. Nunca le habían dicho que fuera inteligente. Le habían repetido más bien que se conducía como un zopenco o que tenía analogías con la Luna. En todo caso, aquí, ahora, estaba feliz y contento, vagamente. Por lo demás, entre las mosquitas, había una mayor que las otras y más insistente. Pierrot tenía un oficio, al menos por esa temporada. En octubre, ya vería. De momento, tenía un tercio de año ante él zumbando ya con los cuartos de su paga. Había motivo para que estuviera feliz y contento quien, como él, tenía un conocimiento permanente de los días inciertos, las semanas poco probables y los meses muy deficientes. El ojo a la virulé le dolía un poco, pero, ¿acaso ha impedido el sufrimiento físico alguna vez la felicidad?
Mi amigo Pierrot, Raymond Queneau
Traducción: Carlos Manzano
Hoy es para mí un día importantísimo. Tengo ya un pisito de tres habitaciones en Manhattan. Salgo directamente del resucitario. Ahora suelen emplear el término "largarse". Sin embargo, no capto la diferencia entre los dos verbos. Nueva York, que antaño era un vertedero lleno de coches, se ha convertido en un sistema de jardines de múltiples pisos. La luz solar está canalizada: son los llamados soleoductos. Unos niños tan buenos y sin caprichos solamente existían en mis tiempos en los cuentos. En la esquina de mi calle se encuentra la Oficina de Registro de los Candidatos Naturales al Premio Nobel. Al lado existe una galería de arte en la que venden por casi nada unos lienzos auténticos, con toda garantía y los documentos oficiales; hasta obras de Rembrandt y Matisse. En la oficina de mi edificio hay una escuela de pequeñas computadoras neumáticas. De allí sale a veces un silbido y un zumbido. Esas computadoras se utilizan entre otras cosas para disecar a los perros queridos después de su muerte natural. A mí eso se me antoja monstruoso, pero las personas como yo son una minoría insignificante.
Suelo pasear mucho por la capital. Ya sé moverme con rapidez. Eso me ayuda. Me he comprado una chaqueta de color amaranto, con las solapas blancas, y los bolsillos plateados, un lazo amaranto y un cuello dorado. Es la vestimenta menos vistosa de las que ahora suelen llevarse. Puede obtenerse un traje que cambia de corte y de color; unas faldas que se acortan bajo la mirada de un varón o al revés, que se cierran como las floras al anochecer; unas faldas y blusas que enseñan varias cosas, como en una pantalla de televisor, y esas decoraciones que uno desea y cuantas quiera. Se puede criar plantas enanas japonesas en el sombrero, pero afortunadamente también es posible no criarlas y no llevarlas. Yo no llevaré nada colgando de las orejas ni de la nariz. La idea de que esas personas, tan hermosas, altas, simpáticas, amables y tranquilas, sean tan particulares, tan especiales, de que tengan ese algo tan peculiar, eso me sorprende o por lo menos me mueve a pensar. Pero no tengo idea de lo que puede ser.
Congreso de Futurología, Stanislaw Lem
Traducción: Melitón Bustamante
El señor Simonnot, colaborador de mi abuelo, almorzaba los jueves con nosotros. Yo envidiaba a ese cincuentón de mejillas de niña que se barnizaba el bigote y se teñía el tupé. Cuando Anne-Marie, para que durase la conversación, le preguntaba si le gustaba Bach, si le gustaba el mar, la montaña, si tenía un buen recuerdo de su ciudad natal, se tomaba cierto tiempo para reflexionar y dirigía su mirada interior hacia el macizo granítico de sus gustos. Cuando había encontrado la información pedida, se la comunicaba a mi madre, con una voz objetiva, saludando con la cabeza. ¡Qué hombre feliz! y pensaba que todas las mañanas debía de despertarse lleno de gozo, verificar, desde algún Punto Sublime, sus picos, sus crestas y sus valles, y luego estirarse voluptuosamente diciendo: "Sin duda soy yo, soy el señor Simonnot entero". Naturalmente, cuando me preguntaban a mí, yo era capaz de dar a conocer mis preferencias y hasta de afirmarlas; pero, en la soledad, se me escapaban; lejos de verificarlas, había que tenerlas y empujarlas, insuflarles vida; yo ni siquiera estaba seguro ya de preferir el filete de vaca al asado de ternera. Cuánto hubiera dado porque se instalase en mí un paisaje atormentado, unas obstinaciones rectas como acantilados. Cuando la señora Picard, usando con tacto un vocabulario de moda, decía de mi abuelo: "Charles es un ser exquisito", o "No se conoce a los seres", me sentía condenado y sin recurso. Las piedras de Luxemburgo, el señor Simonnot, los castaños, Karlimami, eran seres. Yo, no. Yo no tenía ni su inercia, ni su profundidad, ni su impenetrabilidad. Yo no era nada: una transparencia imborrable. Mis celos no tuvieron límites el día en que me dijeron que el señor Simonnot, esa estatua, ese bloque monolítico, además era indispensable para el universo.
Las Palabras, Jean-Paul Sartre
¡Estoy yendo muy rápido! ¡Cuánto contenido hay en cada frase de esta breve historia! "Las estrellas están hechas de átomos del mismo tipo que los de la Tierra." Suelo escoger temas como este para dar alguna conferencia. Los poetas dicen que la ciencia despoja de belleza a las estrellas, meros montones de átomos de gas. Nada es "mero". También yo puedo ver las estrellas en una noche clara, y sentirlas. Pero ¿veo menos o veo más? La vastedad de los cielos extiende mi imaginación: atado a este carrusel mi ojo puede captar luz de hace un millón de años. En esta vasta estructura "de la que yo formo parte" tal vez la materia que me constituye fue vomitada desde alguna estrella olvidada, del mismo modo otra está siendo vomitada allí. O vemos las estrellas con el gran ojo de Palomar, alejándose rápidamente de un punto de partida común en el que quizá estaban juntas. ¿Cuál es la estructura, o el significado, o el porqué? Al misterio no le perjudica que se sepa algo sobre él. ¡Pues la verdad es mucho más maravillosa que lo que cualquier artista del pasado pudo imaginar! ¿Por qué los poetas del presente no hablan de ello? ¿Qué clase de hombres son los poetas que pueden hablar de Júpiter como si fuera un hombre, pero deben guardar silencio si es una inmensa esfera de metano y amoníaco en rotación?
Seis piezas fáciles, Richard P. Feynman
I can even tell you what caused me to remember. In late February 1974 I was given sodium pentothol for the extraction of impacted wisdom teeth. Later that day, back home again but still deeply under the influence of the sodium pentothol, I had a short, acute flash of recovered memory. In one instant I caught it all, but immediately rejected it -- rejected it, however, with the realization that what I had retrieved in the way of buried memories was authentic. Then, in mid-March, the corpus of memories, whole, intact, began to return. You are free to believe me or free to disbelieve, but please take my word on it that I am not joking; this is very serious, a matter of importance. I am sure that at the very least you will agree that for me even to claim this is in itself amazing. Often people claim to remember past lives; I claim to remember a different, very different, present life. I know of no one who has ever made that claim before, but I rather suspect that my experience is not unique; what perhaps is unique is the fact that I am willing to talk about it.
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Philip K. Dick, If You Find This World Bad, You Should See Some of the Others, 1977