Una primera variación se refiere a algunos juegos en los cuales, cuando es nuestro turno, podemos modificar las reglas. Consideremos el ajedrez: evidentemente, las reglas son siempre las mismas, lo único que cambia con cada movimiento es la situación del tablero. Ahora bien, inventemos una variación consistente en que, cuando nos toca jugar, hagamos un movimiento o, en lugar de ello, modifiquemos las reglas. ¿Cómo hacerlo, empero? ¿Con total libertad? ¿Lo convertimos en un juego de damas? Por cierto, semejante anarquía carecería de propósito; debemos establecer algunas restricciones: por ejemplo, una versión podría permitir que se redefina el movimiento del caballo. En vez de ser 1-y-luego-2, podría ser m-y-luego-n, donde m y n sean números naturales arbitrarios; llegado nuestro turno, podríamos cambiar tanto a m como a n por más o menos 1, de modo que el movimiento podría ir desde 1-2 a 1-3 a 0-3 a 0-4 a 0-5 a 1-5 a 2-5… También sería posible contar con reglas que redefinan los movimientos del alfil, y de todas las piezas restantes. Además, se podrían agregar escaques, o reducir los existentes…
Tenemos ahora dos estratos de reglas: las que indican cómo mover piezas y las que indican cómo modificar las reglas. Tenemos entonces reglas y metarreglas. El paso que sigue es obvio: introducir metametarreglas gracias a las cuales podamos cambiar las metarreglas. Lo que no es tan obvio es cómo conseguir esto. La razón por la que es sencillo formular reglas relativas al movimiento de las piezas consiste en que éstas se desplazan en un espacio formalizado: el tablero. Si podemos idear una notación formal simple para expresar reglas y metarreglas, manipularlas será como manipular formalmente cadenas o, inclusive, como manipular piezas de ajedrez. Para llevar las cosas a su extremo lógico: incluso, sería posible expresar las reglas y las metarreglas como posiciones, en tableros auxiliares. Luego, una determinada posición del tablero podría ser interpretada como una partida, o como un conjunto de reglas, o como un conjunto de metarreglas, etc., según el criterio que nos interese aplicar en cada oportunidad. Por supuesto, deberá existir acuerdo entre los jugadores en cuanto a las convenciones que rijan la interpretación de la notación.
Podemos contar, pues, con un gran número de tableros adyacentes: uno para la partida, otro para las reglas, otro para las metarreglas, otro para las metametarreglas, y así siguiendo hasta donde se desee. El jugador a quien toca el turno puede hacer un movimiento en cualquiera de los tableros, excepto en el de máximo nivel, siguiendo las reglas que correspondan (se aplican las de tablero ubicado inmediatamente a continuación en la jerarquía). Indudablemente, los jugadores pueden llegar a sentirse por completo desorientados ante el hecho de que casi todo -¡pero no todo!- puede modificarse. Por definición, el tablero de nivel superior no puede ser alterado: es inviolable. Hay otras cosas inviolables: las convenciones en virtud de las cuales son interpretados los tableros, el acuerdo de jugar por turnos, el de que cada jugador puede modificar un tablero por turno… pueden encontrase más si se examina detenidamente la idea.
Y es posible ir mucho más adelante, desplazando los pilares que permiten establecer la orientación. Un paso por vez… comenzamos por yuxtaponer toda la hilera de tableros en uno solo. ¿Cómo proceder luego? Habrá dos formas de interpretar el tablero: (1) como conjunto de piezas sujetas a movimiento; (2) como reglas que gobiernan el movimiento de las piezas. Ahora bien, cuando nos toca el turno, movemos piezas, ¡y forzosamente, modificamos las reglas! De tal modo, las reglas se transforman a sí mismas constantemente: esto impresiona como un reflejo de la Tipogenética, y de la misma genética real. La distinción entre partida, reglas, metarreglas, metametarreglas, se ha perdido. Lo que una vez fue una esmerada disposición jerárquica se ha convertido en un Bucle Extraño o Jerarquía Enredada. Los movimientos cambian las reglas, las reglas determinan los movimientos… giro tras giro en torno al mismo punto… Aún hay diferentes niveles, pero la distinción entre “más bajo” y “más alto” se ha borrado.
November 27th, 2006 at 1:30 pm
La cuestión reside en qué se entiende por “arriba” y “abajo”. Los esquimales -o inuits-, por ejemplo, no piensan en estos parámetros concretos para referirse a los niveles.
En la nación Inuit, el cielo y el suelo son tan blancos que en los dibujos de los jóvenes inuits no hay una distinción clara entre ambos.
November 27th, 2006 at 6:37 pm
P.D.: Por supuesto, mis argumentos son revocables. Dicho de otra manera, nada me agradaría más.